Creer que uno puede vivir al margen de la gente que lo rodea, como mínimo, puede ser considerado como una gran credulidad… aunque en el contemporáneo castellano que se habla en el ombligo del mundo (para quien no entienda me refiero a Argentina) sería, en realidad, una gran boludez. 28 años me costó aprender que el gran Robinson Crusoe sólo había sido una fantasía de algún idiota que quiso ser héroe a través de unas cuantas páginas; aunque admito que un idiota también puede ser un gran escritor, aunque no sea mi caso.
Del mismo modo, intentar salir ileso de una situación de estupidez crónica sería una ofensiva falta de conciencia. Y así estamos…
La Femme
Decía Ringo Bonavena que “la experiencia es un peine que te regala la vida cuando te quedas pelado”. Por lo demás, y salvo sus méritos deportivos, no hay mucho más por que recordar a este púgil. Batallador como pocos y de una pegada implacable, fue uno de los pocos que hizo tambalear a un Mohammad Alí que pasaba por su mejor momento.
Cuenta la historia que en el 9 round de una interminable pelea pactada a 15 asaltos, un derechazo del argentino impactó de lleno en el pómulo izquierdo del prodigioso Alí y lo hizo retroceder sobre sus pasos… y sin bien no puedo describir lo que puede producir semejante sopapo en mi rostro (lo cual no indica que no me haya llevado alguno que otro en mi vida por mal educado), si puedo hacerlo respecto a la sensación posterior: ojos nublados; mirada desorbitada; la cabeza que gira en torno a innumerables ejes tratando de llevar claridad a algún razonamiento; el frío de la adrenalina que corre a lo largo de toda la columna vertebral que, por lo demás, se sacude como una gelatina sólo sostenida por las cuerdas; las pupilas dilatadas en medio del griterio; el intento desesperado de escuchar una voz conocida en medio de tanto griterio; la euforia del público que lejos de inundar las venas de calor, las vacía dejándolas tan inútiles como el intento de reaccionar.
Y las opciones… el suelo del ring o levantar los brazos con el desesperado miedo de volver a sufrir otro golpe.
La pelea
Inexplicablemente todavía me mantenía de pie después de haberla visto salir del trabajo con su sonrisa a cuestas. La fría adrenalina todavía se hacía sentir sobre la columna cuando ella se acercó y me besó. No había dudas que esa sería la última vez que lo haría y no por propia determinación sino por mi imposición.
Caminamos algo más de dos horas por entre medio de la gente, en medio del cúmulo de entes que en modo “stand by” recorren sus calles con sus maletines llenos de frustraciones y nostalgias, corriendo detrás de sus horarios laborales en medio de la marea. Al fin llegamos a la plaza ubicada en Rodriguez Peña, justo detrás del ministerio de cultura de la Nación.
Con un poco más de aire en los pulmones después de un breve descanso tomé la palabra y repetí un discurso que casi de memoria había aprendido. Pero como siempre, las palabras se trababan, la memoria se perdía y el discurso mutaba al punto que era irreconocible comparado con el original. Dije lo que pude y como pude.
La Campana
No dejé que respondiera, no valía la pena. Rápidamente me levanté y sentí como Ringo movía lentamente su hombro derecho, era el round 9 y los gritos de la gente, eufórica por la pelea, aturdían mis oídos. Como pude me sostuve entre las cuerdas mientras caminaba solitario por Callao, Luego Santa Fé, Junín, Las Heras y vaya a saber cuantas cuadras más. Ya no pensaba en lo que ella pudiera sentir; ya no me importaba que estaría pensando ahora o por donde andaría. La había dejado en la plaza, sentada en el mismo banco donde hasta hacía un rato estaba yo.
Después de correr y escapar de mí, volví a escaparme, con menos pelo y con otro peine. Nunca supe si son acumulables o son meros souvenirs que te dejan las historias, esas que después de mucho tiempo uno recuerda con una sonrisa, un gesto de alivio.
Será que estoy creciendo?
PD: Gracias Sil porque después de tantos años y aún sin saberlo me robaste una sonrisa. Después de todo me lo debías.