
El terreno
Un viernes a las 20 horas en Once no depara muchas sorpresas. La plaza seguía inundada de mugre, cagadas de palomas, gatos alrededor de la estatua y putas encaraban a cualesquiera hombres que pasaran por delante de ellas ofreciendo un “esquisito pete” (dixit).
En los alrededores, algunos de puestitos y mesas que ofrecían algunas baratijas se iban levantando de a poco con el oscurecer del día, algunos chicos arrebataban billeteras o celulares que canjeaban por un par de monedas para comer mientras los negociantes hacían sus negocios con los pibes. Del otro lado, la estación se colmaba de gente en la entrada intentando acceder a un tren que partiría pronto hacia el oeste lejano, y más aun un viernes, a esas horas y después de varias horas de trabajo.
Bajo tierra la situación era similar. El subte superpoblado de gente unía Caballito y la Plaza de Mayo en 22 minutos pasando por 14 estaciones en las cuales la gente se apretujaba para lograr ingresar a un vagón, que de por sí, ya estaba colmado. En el otro borde de la plaza las paradas de colectivos que ostentaban largas colas de viajeros, algunos apresurados por subir a algún “bondi” que los acercara a su casa mientras que otros esperaban por la comodidad de viajar sentados en pedazos de plásticos forrados con una fina capa de gomaespuma que asemejaban asientos.
A escasas 2 cuadras de este panorama, en franco contraste con el paisaje, dos camiones celulares, una ambulancia y varios patrulleros cargados de policías estacionaban frente a un centro de origen gallego en lo que parecía más un operativo anti-narcótico que lo que efectivamente era: la custodia de un ex presidente Nestor Carlos K III. El movimiento, fuera de este hecho, parecía tan normal como cualquier otro día.
Los ejércitos
20:05 horas marcaba el reloj cuando salí del sanatorio y veo el panorama. Sin prestar mucha atención a los movimientos caminé las 2 cuadras que me separan de la parada del primer colectivo que tomo para llegar a mi casa en medio de varios micros escolares que, presuntamente, habían llegado hace no mucho tiempo cargados de manifestantes (debidamente compensados con un choripan por las molestias del traslado) para el acto.
Cuando llegué a la parada del colectivo, hubo algo que sí me resulto extraño. A escasos 20 metros de la esquina de Rivadavia y Azcuénaga, sobre la última un Renault Megane, linea nueva, azul. Los vidrios estaban polarizados de tal forma que parecía espejos negros y muy raramente podría advertirse lo que pasaba en el interior, salvo en el caso en que alguien encendiera alguna luz o un encendedor que permitiera ver una figura de una persona que ostentaba una enorme espalda. Eso mismo ocurrió con el agregado que también se notó un fino cable con un grueso y amplio nudo en el medio que parecía caer desde su oreja derecha.
Distraido con mi cansancio no presté más atención al asunto y me concentré en terminar el pucho que había prendido 1 cuadra antes y en esperar el bendito colectivo.
La Batalla
No recuerdo bien si terminé o no el cigarrillo cuando terminé de entender todo el asunto. Un Audi negro con vidrios polarizados, detenido por el semáforo de la esquina, entreabría una de sus puertas y una mano se extendía para colocar una sirena en el techo recordándome instantáneamente algunas series políciacas de la década del ‘70 que veia de chico. Como en todos estos autos, al momento de accionar la apertura, se encendío la luz interna y permitió ver a 4 personas, presumiblemente hombres por el tamaño de sus hombros levantados con hombreras típicas de sacos de vestir. Dificilmente me equivoque si digo que estaban vestidos con trajes oscuros y con “un fino cable con un grueso y amplio nudo en el medio que parecía caer desde su oreja derecha” cada uno.
La luz del semáforo se tornó a verde y el Audi avanzó raudamente sobre azcuénaga, cruzando Rivadavia y esquivando otros autos. Mi mirada se distrajo con las maniobras del conductor pero rápidamente otros autos volvieron a llamarme la atención, no sólo por las maniobras y la velocidad que llevaban, sino porque tenían características similares a la de aquel Audi de la sirena en el techo y por las marcas y modelos. Sucede que Once no suele ser un barrio por donde los autos lujosos hagan gala de las habilidades de los conductores.
Cerca de una docena de BMW, Audi, Renault y Peugeot, generalmente de colores oscuros, en series de 4, indefectiblemente con los vidrios ennegrecidos por el polarizado y varias personas dentro aceleraban por Azcuénaga y cruzaban Rivadavia para doblar nuevamente en Adolfo Alsina hacia el lado de Jujuy. Cuando parecía que el espectáculo automotriz había finalizado, el Renault que estaba estacionado encendió las luces y cruzó (al igual que los otros en medio del tráfico nocturno) la ex avenida más larga del mundo. Recién en ese momento entendí que el hilo con el nudo, era el manos libre de un teléfono que debía haber estado en linea desde tiempo antes…
El rey había llegado.