Cotidianeidades
Pretencioso título elegí para un mero post. Mucho más si se trata de un blog donde la cantidad de visitas se refleja enormemente en el título del mismo. Todo esto sin contar que hablamos de internet y, hasta ahora, creo que nadie confia, confió o confiará en nada que haya leído por este medio, excluyendo a los geeks, nerds, internautas, cibernéticos, foreros, bloggers, fotologgers y tantas otras yerbas que apenas si rozan desde abajo el cuarto de la población mundial… Pero nada de esto tiene que ver con esta historia mundanamente insolente. Una historia que se inicia donde acaba, en un sitio tan insólito como frecuentado: el colectivo.
Lo cierto es que no conozco un lugar más común y ordinario como para comenzar una historia. O acaso, si omitimos alguna fatalidad, alguien recuerda alguna historia, al menos menor, mínima, que se haya dado en un colectivo, omnibus, micro o autobús (como ven estuve mirando el diccionario de sinónimos) que merezca la pena ser contada? Tampoco ésta lo es pero quiero hacerlo y con eso creo que basta para escribir estas líneas. El día había empezado a las 5 de la mañana y luego de algunos mates a las apuradas, una rápida ducha que moja mucho más de lo que despierta y algo más de una hora de viaje, llegó a la facultad a eso de las 7 y 20. Primer día de clase del cuatrimestre, ambas cursadas resultaron tan densas que difílmente pudo mantener los ojos abiertos a pesar de las hermosas compañeras que lo secundaban (lo cual no deja de constituir un importante aliciente para mantenerse despierto). Resulta que, a estas horas particularmente, las ganas de hacer algo productivo son inversamente proporcional a la cantidad de sueño que uno posea y gracias a esta regla que Murphy ha despreciado estúpidamente, los dedicados ayudantes (que aun poseian alguna marca de la almohada sobre sus caras) terminaron la clase media hora antes de lo previsto.
Luego de un breve paso por el banco, nuestro protagonista tomó rumbo al sanatorio y a las 11:30 en punto ya estaba trabajando. Acostumbrado ya al nido de serpientes, sencillamente transitó las restantes 9 horas del día omitiendo la ponzoña. Eran mas o menos las 9 menos cuarto cuando viajaba el protagonista en el viejo bondi de la línea 24 que une la nada despreciable distancia que separa Villa del Parque de Wilde, destino final de aquel, en unas 3 horas y media de recorrido. Y aquí es donde todo empieza y termina: en una mujer. No se trataba de una gran belleza exótica, ni poseía una figura que recordase a alguna vedette digna de una tapa de revistas. Difícilmente haya sido alguien que haya hecho perder el sueño a algún hombre si no mediaba amor entre ellos. Pero (como siempre hay un pero) le gustaba. Inexplicablemente, hay personas que sabemos que no son lindas (aunque tampoco son feas), que raramente harían que otra persona llegara a calificarla de “hermosura física” pero que, sin embargo, despiertan en nosotros una instantánea atracción, de la índole que fuera. Es tan inexplicable con condenadamente imposible de evitar.
Eyes wide shut…
Lo cierto es que las él se quedó mirándola cuando subió y ella, para su sorpresa, le sostuvo la mirada. No creo que alguien tenga segundas interpretaciones a estas alturas. Lo cierto es que ambos lejos de mostrarse tímidos o juguetear con la situación cruzaron sus miradas en varias oportunidades y tardaron en desviarla; observaron, estudiaron, analizaron y literalmente se sedujeron por algo mas de media hora sencillamente mirándose.
Obviamente, al menos en la cabeza de nuestro protagonista, las palabras se sucedían una a una, improvisaba, inventaba y repetía la mejor forma de encararla y hablar con ella. No iba a hacerlo en un colectivo atestado de gente así que decidió esperar el momento justo pero todo se dio al revés, como debería haber supuesto que sucedería: ella jamás se acercó a la puerta y él no pudo secundarla. A esta altura, el colectivo estaba cada vez mas cerca de terminar su recorrido y él de llegar a destino.
La profecia.
Ella viajaba de espaldas a la puerta del colectivo, con un brazo sosteniendo una bolsa y una cartera y el otro agarrado a un parante que unía piso y techo del movil. El, lo hacía apoyado sobre un parante que separaba a la “elite” que viajaba sentada de la plebe que apenas sostenia su humanidad sobre sus pies a escasos 3 pasos de aquella mujer. Viendo las circunstancias caer sobre su cabeza, decidió improvisar. Sencillamente dijo:
- Sabés que me marea un poco mirarte a los ojos con el movimiento del colectivo, no?
Y seguidamente, sin darle la posibilidad de responder, añadió:
- Te invitó a que bajemos, pongamos los pies sobre terreno firme y nos miramos tranquilos. Qué te parece?
Ella sonrió cómplice, se dio media vuelta y se paró a su lado frente a la puerta del colectivo. El presionó el botón del timbre y el micro comenzó a frenar lentamente hasta que se detuvo, abrió sus puerta y ambos descendieron el primer escalón. El se apuró a bajar para ayudarla y cuando estuvo abajo alcanzó a ver como sonreia, se daba media vuelta y volvía a subir los escalones que los separaban. El colectiver presionó el acelerador y lentamente se perdió en la noche.
Unas horas más tarde, él decidió publicar la historia en su blog.
Solo me resta preguntarme: en que carajo estaba pensando??? XD
comentario por prometevs — Marzo 12, 2008 @ 2:37 am
El destino/dios/buda/alá/brahma/satanás (elija su entidad preferida) suele cagarse de risa de nosotros de ese modo.
Es como cuando te dan la mano y te hacen “ooooosssssoooo”. Soltás una puteada por entre los dientes y te resignás.
comentario por Maxi — Marzo 13, 2008 @ 2:59 am