De ideología y asesinatos
No es mucha la gente que desconoce mi pensamiento filosófico y político; para expresarlo sintéticamente soy parte de una raza casi extinta entre la especie humana que se autodenomia anarquista.
Odio las injusticias que produce el sistema tanto como al sistema mismo y, aunque sistemáticamente intento aportar un granito de arena para demostrar que existen cosas mejores sigo trabajando a diario para sostener aquello que odio.
Podría haber pasado mi vida completa en una editorial marxista o redactando estudios para obtener conclusiones elaboradas respecto a los mecanismos por los cuales se re-producen a diario las injusticias que vemos en cualquier sociedad moderna. También podría haberme mudado a un modesto pueblito del interior, donde la pobreza es tan grande que hasta la miseria escasea, y ayudar a sus habitantes a vivir un poco mejor. Quizás solo podría haber seguido dando clases de economía a las pequeñas mentes que, a largo plazo, serán el futuro de este mundo, pero prioricé mi carrera; la misma carrera que enseña que es eficiente que el 5% de la población mundial tenga más recursos que el otro 95% restante o que no importa si millones mueren de hambre en alguna zona septentrional del Africa subsahariana en tanto el trabajo será más productivo luego. Tal es así que vendí mi alma a una multinacional
Es indistinto vender tu alma por dos centavos o millones de dolares del mismo modo que es indistinto estudiar complejas estadísticas en una hermosa oficina de puerto madero o internar gente en un sanatorio???
Volviendo a la concretitud, retomamos la historia. A diario atiendo a no menos de 30 ansiosas personas que, o bien tienen deben pasar por el afilado bisturí de algún cirujano o bien son los familiares y amigos de aquel que será mutilado por las manos de un equipo de profesionales de la salud. Sin embargo no es la única característica que tienen en común aquellos, mayoritariamente, nerviosos hombres y mujeres. Digámoslo de este modo: si un cirujano factura por honorarios, la módica suma de U$S 1500 por operación, es claro que no hablamos de socios de una sociedad de fomento. Muy por el contrario, hablamos de un sanatorio que pertenece a una de las empresas de medicina prepaga más importantes de la Argentina por la cual, cualquier persona que quiera afiliarse con su grupo familiar (hablemos de una familia tipo) no abona nada menos que $800 mensuales.
Y así trabajo a diario yo. Una oficina de unos 30 metros de largo por 10 de ancho, con 20 espaciosos escritorios de fina madera laqueada, equipados con modernas PC’s y monitores de plasma negro, sillas forradas en fino cuero del mismo tinte para empleados y sillones cómodamente acolchados de color natural para los pacientes (socios en realidad). Por detrás de estos una hermosa marquesina de vidrio que ocupa el largo completo de la oficina identificada con el logo de la empresa y pequeñas letras de color que le identifican el sector y al frente una delicada cascada artificial iluminada con tenues luces de colores pasteles para darle un toque de calidez y contrastar con la frialdad de enormes archivos, pilas de resmas de papel para impresora y un clima grave y serio dados los sentimientos de quienes por allí deben pasar.
Y el águila le masticó el hígado de Prometeo
30 escasos días habían pasado desde mi “bienvenida” en aquel empleo cuando el sopapo llovió desde quien sabe donde.
No es agradable ver a familiares de un paciente llorar por la pérdida de aquel, menos aun cuando se trata de una inocente criatura que sólo cometió el pecado de nacer prematuramente. Alejados de aquella dolorosa realidad, escapando a los sentimientos e impresiones que la situación puede acarrear, nos limitamos a sellar papeles con una fría inscripción que reza obitó. Luego de ello continuamos con nuestras tareas habituales, olvidando o, peor aun, ignorando el penar de nuestro alrededor como fríos profesionales que aprietan el gatillo por una moneda. Nosotros no matamos, dirán algunos. Ignoramos.
Así pasaban los días cuando algo cambió. De pronto por la puerta de vidrio ingresó una señora de unos 70 años, de tez blanca que contrastaba con un viejo vestido negro, recostada sobre un viejo bastón que sostenía la curvatura de su columna, con marcas innegables e inocultables del paso del tiempo, las manos llevadas a la cara intentando detener por un segundo más su angustia. Apenas levanté la cabeza se escuchó el llanto y el clamor de esta señora. Con la poca dignidad por el suelo, los ojos inundados en lágrimas, avergonzada por tener que pedir pero más aun por hacerlo de ese modo y con un dolor físico insoportable en su espalda gritaba que no tenía dinero al tiempo que pedía atención médica. Rogaba por ella.
De pronto me encontré con la voz entrecortada… un enorme nudo en la garganta impedían el paso del aire. Decía Ernesto Guevara que una persona sólo se puede sentir un hombre si era capaz de sufrir, en carne propia, el dolor de un hermano.
Mi alma había encontrado el mejor postor
Entonces, cual de todos los tiburones me comerá primero?
Dos cosas… tal vez tendré el estigma de la mediocridad conmigo, pero soy capaz de vender mi alma, a cambio de poder forjar mi vida, armarla junto a mis seres queridos.
Doloroso o no, si hay algo que aprendí de mi viejo que sacrificarte por tu familia es tal vez el acto de amor mas maravilloso que hay luego de una madre que da a luz (claro está).
Con respecto a la última parte… Yo ya aprendí a ignorar el dolor que me produce ver estas cosas y no hacer nada, ya me chupó el sistema, no puedo hacer nada más por mí ni por las injusticias que veo.
Comentario por Maxi — Marzo 1, 2008 @ 3:19 pm
¿Cómo va a pedir ayuda a un sanatorio privado? Esa señora está loca. Para eso están los hospitales públicos.
Comentario por cebolla — Junio 28, 2008 @ 2:03 am